Declaración de fe

Como bautistas reformados, nuestra confesión de fe es la de Londres de 1689 (ver abajo). No obstante, por su mayor brevedad, a continuación te presentamos la siguiente Declaración de fe basada en la de New Hampshire de 1833 , la cual también suscribimos plenamente.


Creemos que la Biblia fue escrita por hombres divinamente inspirados, y que es un tesoro perfecto de enseñanza celestial, que tiene a Dios por autor, como propósito la salvación, y por contenido la verdad. La Biblia no contiene ningún error y revela los principios según los cuales Dios nos juzgará. Por tanto, hasta el fin de los tiempos es el centro verdadero de la unidad cristiana, y la norma suprema a la cual debe sujetarse toda decisión, conducta, creencia y opinión.

Creemos que hay un solo Dios vivo y verdadero; espíritu infinito e inteligente y cuyo nombre es Jehová, el hacedor y gobernador absoluto del cielo y de la tierra. Dios es indescriptiblemente glorioso en santidad y merecedor de toda la honra, confianza y amor. En la unidad de la divinidad existen tres personas, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, iguales en toda perfección divina y que desempeñan trabajos distintos que cooperan en la gran obra de la redención.

Creemos que el hombre fue creado por Dios en santidad y sujeto a la ley de su hacedor, pero que por su transgresión voluntaria, cayó de aquel estado santo y feliz. Por causa de esto todo el género humano es ahora pecador; no a la fuerza sino por su propia voluntad. Esto resulta en que su naturaleza está totalmente desprovista de la santidad que exige la ley de Dios, totalmente inclinado a hacer lo malo, y por ello bajo justa condenación a la destrucción eterna, sin defensa ni excusas.

Creemos que la salvación de los pecadores es totalmente por gracia, en virtud de los oficios mediadores del Hijo de Dios. Este Hijo divino, Jesucristo, quien fue designado por el Padre, tomó libremente sobre sí nuestra naturaleza pero sin pecado. Él honró la ley divina con su obediencia personal, y con su muerte, hizo completa expiación por nuestros pecados, resucitó de entre los muertos, ascendió a los cielos y tomó allí su trono de gloria. Jesucristo reúne en su admirable persona los sentimientos más tiernos y todas las perfecciones divinas, teniendo por ello todas las cualidades necesarias para ser un salvador idóneo, compasivo, y todopoderoso.

Creemos que la justificación es la gran bendición del evangelio que Cristo asegura a los que ponen su fe en él. Esta justificación incluye el perdón de los pecados pasados, presentes y futuros y la promesa de la vida eterna de acuerdo con los principios de la justicia. Dios decreta la justificación exclusivamente mediante la fe en la sangre del redentor Jesucristo, y no a condición de ninguna obra de justicia que hagamos, imputándonos Dios gratuitamente su justicia perfecta en virtud de esa fe. La justificación por solo la fe nos proporciona un estado bienaventurado de paz y favor con Dios, y nos asegura toda bendición necesaria para la vida en este mundo así como en la eternidad.

Creemos que por el evangelio se ofrecen gratuitamente los beneficios de la salvación a todos los seres humanos y que es obligación de todos aceptarlos inmediatamente con fe verdadera, arrepentida y obediente. El único obstáculo para la salvación del peor de los pecadores de este mundo es su corrupción radical innata y su voluntario rechazo del evangelio. Este rechazo empeora su condenación.

Creemos que para ser salvo, el pecador debe ser regenerado o nacer de nuevo. La regeneración consiste en dar a la mente y al corazón una nueva inclinación hacia la santidad. Esto se lleva a cabo por el poder del Espíritu Santo en conexión con la verdad divina contenida en el evangelio, de una manera que no podemos comprender, y con el propósito de asegurar nuestra obediencia voluntaria a ese evangelio. La manera en la que se hace evidente esa regeneración espiritual en la persona es mediante los frutos santos del arrepentimiento, la fe y cambios evidentes en el patrón de vida.

Creemos que el arrepentimiento y la fe son deberes sagrados y gracias inseparables esculpidas en el alma por el Espíritu regenerador de Dios. Por medio de ambos se nos convence radicalmente de nuestra culpa, de nuestro peligro delante de Dios de nuestra total impotencia de cumplir su ley. Creemos a su vez en el camino de salvación en Cristo y nos volvemos hacia Dios sinceramente arrepentidos, confesando nuestros pecados y suplicando la misericordia divina. Al mismo tiempo recibimos de todo corazón al Señor Jesucristo como nuestro profeta, sacerdote y rey, confiando solo en él como nuestro único salvador suficiente.

Creemos que la elección es el propósito eterno de Dios mediante el cual gratuitamente se nos regenera, santifica y salva de nuestros pecados. Esto es así debido a la imposibilidad del libre albedrío del ser humano para alcanzar la salvación por sí mismo. Esta gracia es una gloriosa muestra de la divina bondad soberana, infinitamente gratuita, sabia, santa e inmutable de Dios y excluye totalmente la jactancia, promueve la humildad, el amor, la oración, la alabanza, la confianza en Dios y deseos de imitar su misericordia. La gracia de Dios estimula y potencia el uso de los medios de gracia (la lectura de la Biblia, la oración el bautismo y la cena del Señor) y pueden verse sus efectos en todos los que verdaderamente creen en el evangelio el cual que es el fundamento de la seguridad cristiana. Como cristianos debemos aplicarnos a esto personalmente e implica diligencia de nuestra parte.

Creemos que la santificación es un proceso mediante el cual, conforme a la voluntad de Dios, se nos hace partícipes de su santidad de manera progresiva. La santificación se inicia con la regeneración (7), la cual implanta y hace crecer la santidad en el corazón del creyente por la presencia y poder del Espíritu Santo sellador y Consolador, transformándonos cada vez más a la imagen de Cristo nuestro Señor y salvador. También crece mediante el uso continuo de los medios de gracia, sobre todo la Palabra de Dios, el examen personal, la abnegación, la vigilancia y la oración.

Creemos que solamente los verdaderos creyentes permanecerán hasta el fin y que su perseverante lealtad a Cristo es la señal distintiva que los diferencia de los que hacen una profesión de fe superficial. La divina providencia vela por su bien y son guardados por el poder de Dios mediante la fe para alcanzar finalmente la salvación prometida.

Creemos que la ley de Dios es la norma eterna e invariable de su gobierno moral y que es santa, justa, y buena. Por tanto, la incapacidad que las Escrituras atribuyen a los hombres caídos para no cumplir la ley perfectamente procede únicamente de su amor al pecado. Mediante Cristo, el único mediador, se les libera de la condenación de la ley y se les lleva a la obediencia de corazón a la misma. Ese es uno de los propósitos del evangelio y también de los medios de gracia asociados con el establecimiento de la Iglesia visible.

Creemos que una iglesia local (visible) de Cristo es una congregación de creyentes bautizados y asociados mediante un pacto basado en la fe y la comunión del evangelio. La iglesia local practica las ordenanzas de Cristo; es gobernada por sus leyes; y ejerce los dones, derechos y privilegios que le otorga la palabra de Dios. Los únicos oficios bíblicos de la iglesia local son el de los pastores (a veces llamados obispos y ancianos) y los diáconos, cuyos requisitos, derechos y deberes están detallados en las cartas a Timoteo y a Tito.

Creemos que el bautismo cristiano es la inmersión total en agua, de aquellos que ponen su fe en Cristo. El bautismo debe ser administrado en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, con el objetivo de proclamar, mediante este bello y solemne emblema, la fe en el Salvador crucificado, sepultado y resucitado, y también el efecto de esa fe: nuestra muerte al pecado y resurrección a una nueva vida. El bautismo es un requisito previo a los privilegios de la relación con la iglesia local y a la participación en la Santa Cena, en la cual los miembros de la iglesia al comer santamente los símbolos del pan y del vino conmemoran juntos el amor que Cristo nos mostró en su muerte sacrificial en la cruz, bajo un autoexamen personal y solemne de cada participante.

Creemos que la iglesia cristiana desde sus inicios ha dedicado y santificado el primer día de la semana (el domingo) como el Día del Señor. Se trata de un día consagrado al descanso y a la adoración a Dios, en el que se procura, siempre que sea posible o la necesidad no lo imponga, abstenerse de todo trabajo, compromiso y recreación seculares que impidan la adoración a Dios y la comunión con la iglesia local. Los cristianos nos comprometemos en ese sagrado día a observar todos los medios de gracia privados y públicos, con la intención de prepararnos para el descanso final que le queda al pueblo de Dios.

Creemos que el gobierno civil existe por disposición divina para el interés y buen orden de las sociedades humanas, y que debemos orar por los reyes, gobernantes, funcionarios y magistrados, honrándolos en buena conciencia, y obedeciéndoles en lo que mandan, salvo en aquellas cosas que sean opuestas a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo. En última instancia él es único y absoluto soberano de nuestras conciencias, y también de los reyes, gobernantes, funcionarios y magistrados de este mundo.

Creemos que hay una diferencia radical y esencial entre los justos y los injustos. Aquellos que por medio de la fe son justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y santificados por el Espíritu de nuestro Dios son los justos a los cuales Dios ama. Los que no se arrepienten de sus pecados y muestran incredulidad en Jesucristo y su evangelio son injustos para Dios, y están bajo su santa ira y maldición. Esta distinción permanece tanto en la vida como después de la muerte.

Creemos que nos encaminamos al fin de este mundo y que en el último día Cristo descenderá del cielo, y resucitará a los muertos para otorgarles su recompensa final. En ese último día se efectuará una solemne separación en la que los impíos serán sentenciados al castigo eterno, y los justos al gozo eterno. Este juicio final fijará para siempre el estado definitivo de los hombres, ya sea en el cielo o en el infierno, sobre la base de la justicia y la soberanía divinas.

CONFESIÓN BAUTISTA DE FE DE 1689

    Una de las declaraciones más importantes en la historia de la iglesia “que contiene la doctrina de nuestra fe y práctica”

DECLARACIÓN DE CHICAGO DE LA INERRANCIA BÍBLICA

 La autoridad de las Escrituras es un elemento central  para la iglesia cristiana tanto en esta época  como en otra 

 

“Estas son las verdades Bíblicas que creemos,enseñamos y anunciamos”

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